jueves, 13 de noviembre de 2014

ARGENTINA: UNA REVOLUCION PARA EL CAMBIO


El excelente libro de Daron Acemoglu y James Robinson, rompe mitos y describe con toda clase de ejemplos, un tema poco debatido y mal diagnosticado: “PORQUE FRACASAN LOS PAÍSES”. En estrecho resumen, el libro indica que la pobreza o prosperidad depende de la calidad de las instituciones, las que normalmente tienen orígenes remotos que se mantienen en el tiempo enmarcadas en un círculo vicioso o virtuoso que crea fuerzas poderosas dirigidas a perpetuar las instituciones.
El fracaso de los países africanos, latinoamericanos y algunos asiáticos, si bien rompieron lazos con sus antiguas colonias en algunos casos hace más de dos siglos, ello no produjo cambios significativos en las instituciones, ya que no modifico la estructura extractiva de las mismas.
Españoles, Ingleses y Holandeses principalmente, aplicaron en sus colonias estructuras de gobierno coercitivas, con el propósito de extraer lo que había en ellas: en algunos casos oro y plata, diamantes, azúcar o especies entre las más apetecibles. El negocio era explotar a la población y las riquezas naturales; incluso arrasaron con las incipientes producciones locales si entraban en conflicto con sus economías vernáculas. En aquellos territorios en los que no había nada por extraer, ni población organizada a la que someter, por ejemplo el norte de los Estados Unidos o Australia, el resultado fue bien distinto.
Aunque de una forma más sofisticada y acorde a los tiempos, lo que hicieron los gobiernos coloniales es lo mismo que ocurre hoy día en nuestro país. Los sucesivos gobiernos se apoyan en instituciones extractivas que vía gravámenes y gabelas, monopolios, incluso expropiaciones, extraen la riqueza que generan los sectores más dinámicos de la economía. La extracción no reconoce límites, siendo la corrupción organizada en contubernios con “empresarios amigos”, la forma en que la élite se enriquecerse personalmente.
El modelo es bien simple, se trata de contar con instituciones políticas extractivas no plurales, las que generan una economía extractiva que enriquece a la élite gobernante; así el poder es cada vez más poderoso económicamente, lo cual posibilita la compra de más poder, con el fin de destruir el estado de derecho y tender al absolutismo. Bajo el paraguas de la democracia que reviste de legalidad al sistema y como forma de permanecer en el negocio, el gobierno compran voluntades (votos) demagógicamente mediante dadivas en formas de “ayuda social” en sectores de la población cautivos, lo que constituye una forma moderna de servidumbre.
Si bien es cierto que periódicamente cambian los dueños del poder y de algún modo también las formas, la naturaleza de las instituciones gubernamentales tiene una estructura similar a la de los gobiernos coloniales. Romper este círculo vicioso es el desafío, pero ello no es fácil ya que hay vínculos arraigados difíciles de remover. Salir del círculo vicioso no es posible sin romper moldes.

La revolución espontanea de diciembre de 2001 estuvo cerca de poder realizar el cambio: “el que se vayan todos” no funcionó, salvos los muertos, están todos, y así no se cambia, aunque en realidad el “que se vayan todos” hacía referencia más que a nombres, a la forma de gobernar. Aquella revolución se cerró en falso y mientras no se resuelva continuaremos en el mismo círculo destructivo. Solamente una revolución en las formas y en la naturaleza de las instituciones políticas y económicas podrá desplazar el círculo al lado virtuoso. Aquellos que pregonan la continuidad con cambios, evidentemente no forman parte de la solución. La ley de hierro de la oligarquía continuara vigente y el próximo líder buscará aumentar más si cabe su poder, incluso olvidando sus orígenes y principios.